Construyendo información para Otra Economía
La prédica de Francisco: unidad latinoamericana y buen vivir
«1- Poner la economía al servicio del pueblo. Distribuir el ingreso es un deber moral. Vivir bien que no es lo mismo que pasarla bien. Se trata de darle a los pueblos y a los pobres lo que se merecen, construir una nueva economía. «Hay que crear. Ustedes son creadores sociales», predicó Francisco.
2- Unir a nuestros pueblos en la paz y en la justicia. El nuevo colonialismo impone medidas que ajustan el cinturón de los pobres. Las instituciones financieras dominan las estructuras de los estados nacionales. Los medios de comunicación son otra de las formas que adopta el colonialismo. Es el colonialismo ideológico para poner a la periferia en función de los intereses centrales. Se han cometido muchos pecados con los pueblos originarios en nombre de Dios. «Perdón por la llamada conquista de América» pidió el Papa ante una multitud emocionada.
3- Defender la madre tierra. No se puede permitir que ciertos intereses que son globales pero no universales atenten contra la humanidad.
Estas líneas ya aparecen, aunque quizás con menor contundencia, en el documento de Aparecida (Brasil) en 2007 cuando desde Latinoamérica se inicia el movimiento para cambiar la conducción del Vaticano. Dos años antes, el jesuita Bergoglio había manifestado que «en las próximas dos décadas América Latina se jugará el protagonismo en las grandes batallas que se perfilan en el siglo XXI y su lugar en el nuevo orden mundial en ciernes.»
Esto incluye al lugar de la Iglesia Católica, con su base fundamental en América Latina con 500 millones de feligreses. El avance del neoliberalismo angloamericano protagonizado por Estados Unidos y la aristocracia financiera, aliado a la «derecha» de la iglesia (o su ala financiera-conservadora), constituye una amenaza más que palpable.
En las fuerzas latinoamericanas formadas en la doctrina social de la iglesia hay una asociación necesaria y natural entre el desarrollo de un bloque de poder regional y la religiosidad católica popular. Esta es la argamasa ética humanista, propia de las identidades populares latinoamericanas.
La construcción de una nueva economía, la unidad latinoamericana y la construcción de nueva civilización hace encontrar y confluir lo distinto: la cruz con el martillo y la hoz. La agudización de las tensiones globales y las presiones imperiales sobre la región suponen, necesariamente, llevarse puesta a la iglesia católica latinomericana (especialmente en su ala popular que es la que tiene real inserción de masas) y a la doctrina social, o en todo caso mantenerla como institucionalidad reaccionaria de las elites y, por ello, un mero ornamento fétido.
Ya en los años previos, cuando los intereses financieros anglosajones lanzan a partir de 1997 (con la crisis del sudeste asiático) un proceso de centralización global del poder y sus elites políticas pretenden contruir una nueva institucionalidad, buena parte de las fuerzas de la iglesia que convergen ahora atrás de Bergoglio se lanzaron a la construcción política de bloques de poder alternativos junto con las burguesías locales y las líneas desarrollistas en articulación con organizaciones obreras y movimientos sociales.
Ello dio lugar en Argentina en 2000 a la Mesa de consenso junto con el Grupo Productivo (protagonizado por la Unión Industrial Argentina), fracciones del movimiento obrero y algunos movimientos sociales. También contaba con cuadros políticos e ideológicos de los principales partidos políticos. Todos confluían por el cambio de «modelo» y los unía el proyecto financiero neoliberal y su posible profundización dolarizadora.
Hoy el momento es distinto porque la crisis global ha entrado en una nueva fase en la cual las pujas se agudizan. La necesidad de convergencias y articulaciones frente a estos escenarios y enemigos comunes aceleran en forma impensada los acuerdos políticos y las definiciones, al tiempo que se llevan puesto cualquier prurito que en otros tiempos hubiese dividido irremediablemente al campo nacional y latinoamericano (pensemos en el encuentro y la alianza que se selló ayer entre la expresión más profunda del indigenismo oprimido durante 500 años y nada más y nada menos que la cabeza del Vaticano, o los acuerdos en Cuba).
El momento también hace necesaria la radicalización en términos populares de las posiciones de determinados actores. No se puede ir al enfrentamiento con palabras y decisiones tibias, por más que ello produzca simbronazos y crisis. Francisco considera que estamos en un escenario de tercera guerra mundial fragmentada, un diagnóstico más que certero. Esa guerra vuelve ineludible las batallas, así como las posiciones claras y las alianzas más allá de las diferencias. O, en realidad, la unidad de lo heterogéneo que es lo propio de América Latina.
Y las principales fuerzas con las que cuenta Francisco para sus batallas, aunque a veces vengan con hoz y martillo o con matrimonios igualitarios, son las fuerzas populares latinoamericanas y aquellos gobiernos en donde estas gobiernan o influyen decisivamente en alianzas también heterogéneas. Así como al revés, las fuerzas nacionales, populares y latinoamericanas encuentran en un momento por demás difícil del proceso de transformación regional un aliado estratégico.
Además, este encuentro al provenir de un mismo suelo, de una misma historia y de similares necesidades, está provocando un resultado aún más trascendente, que incluso va más alla de los actores del drama y de lo que estos pueden representar: una construcción ético-moral propia, una visión, la recuperación de un nosotros nuestroamericano trascendente frente al capitalismo global y su moral. Las elaboraciones que se están produciendo en este sentido, recuperando las que se hicieron históricamente en nuestro suelo, están pariendo civilización.
El buen vivir, el nosotros nuestroamericano, el resurgir de la américa morena, indígena, afro, criolla, el humanismo revolucionario, el cristianismo popular de la solidaridad, el compañerismo y la humildad (pero no el de la resignación), el respeto por nuestra madre tierra se enfrentan contra el consumismo, el materialismo, el «Dios dinero», la especulación, la miseria, el cinismo, las finanzas globales parasitarias y la destrucción de nuestro planeta por el salvajismo del capitalismo global.
Todo ello viene a consolidar el hecho de que aquí, como en otras partes del mundo, se está pariendo nueva civilización. Y que los acontecimientos históricos van más allá de los individuos y sus pasados porque lo que se expresa los trasciende y los obliga aunque sólo puede expresarse a través de los propios individuos. Lo que pugnan son fuerzas históricas y es difícil no ponerse de algún lado.
*Gabriel Merino, Centro de Estudios Formación Investigación en Política Economía y Sociedad (Cefipes).»
